14 octubre 2012

Mitología de la muerte en México


MITOLOGÍA DE LA MUERTE EN MÉXICO
Desde la más remota antigüedad, el hombre se ha impactado ante la muerte. Cuando alguien cercano muere, entramos en confusión y duelo, por lo que necesitamos armonizarnos y volver a encontrar nuestro sitio. De ahí que surja un complejo aparato de creencias. Aparece la mitología, cuya función principal es armonizar y sintonizarnos con el universo. La mitología se convierte posteriormente en religión, filosofía y ciencia.
En México, era común la práctica de conservar los cráneos como trofeos y mostrarlos durante los rituales funerarios, que simbolizaban la muerte y el renacimiento. El festival, que después se convertiría en el Día de Muertos, era conmemorado el noveno mes del calendario solar mexica, cerca del inicio de agosto, y duraba un mes completo. Las festividades eran presididas por la diosa Mictecacíhuatl (relacionada actualmente con "La Catrina" de José Guadalupe Posada), esposa de Mictlantecuhtli, “Señor de la Tierra de los Muertos”. Las festividades eran dedicadas a la celebración de los niños y las vidas de parientes fallecidos.

                    Mictlantecuhtli, Señor de la Tierra de los Muertos                             
 
Nuestra antepasados basaban su mitología en el ciclo agrícola. Por un lado, la fiesta de muertos estaba vinculada con el calendario agrícola prehispánico, porque era la única fiesta que se celebraba cuando iniciaba la recolección o cosecha. Es decir, es el primer gran banquete después de la temporada de escasez y se compartía hasta con los muertos. Por otro lado, los hombres observaban cotidianamente cómo el grano moría, pues era enterrado para, después de un tiempo, resurgir de la tierra. Aquí es donde comienzan a tener conciencia de la dualidad muerte-vida o muerte resurrección. Creían que la muerte y la vida constituían una unidad. Para los pueblos prehispánicos la muerte no es el fin de la existencia, es un camino de transición hacia algo mejor.

Un ejemplo de esta dualidad era el mito de la creación de los hombres que habitamos este mundo, a partir de los huesos de los difuntos: Mictlantecuhtli le entregó los huesos de los hombres y mujeres difuntos a Quetzalcóatl quien se dirigió a Tamoachán, lugar de origen, para dárselos a Coatlicue, diosa de la tierra. Allí los molió en un metate y enseguida Quetzalcóatl se sangró y fecundó la masa con su propia sangre para dar vida a este hombre.

           Dentro de la concepción mexica, el hombre se consideraba soldado del Sol en su combate divino contra las estrellas, símbolos del mal y de la noche o de la oscuridad. Los aztecas ofrecían sacrificios a sus dioses y, en justa retribución, éstos derramaban sobre la humanidad la luz o el día y la lluvia para hacer crecer la vida, por lo que el destino del hombre era perecer. Su muerte se
convertía en germen para la vida.

También tenían una idea de resurrección, ya que gracias a ésta se le daba continuidad al orden cósmico. Los tipos de resurrección dependían del tipo de muerte, y los cargos y atribuciones que se tenían en vida se transmigraban a la siguiente fase. Para los antiguos mexicanos lo que predeterminaba el lugar donde transcurriría su inmortalidad lo determinaban principalmente, las causas y la forma en que moría.

Tenían una cosmovisión vertical conformada por 9 infiernos y 13 cielos. Cada uno de estos espacios no tenían un significado moral. En su conjunto integraban un mundo superior y otro inferior donde los muertos moraban. De esa manera, cabe diferenciar que en la sociedad prehispánica los individuos transmigraban según su posición social en vida.

         Creían que había un paraíso que se dividía de acuerdo al paso del sol de oriente a occidente.
Este paraíso dividido entre oriento y occidente, se llamaba Omeyocan paraíso del sol, presidido por Huitzilopochtli, el dios de la guerra. El Omeyocan era un lugar de gozo permanente, en el que se festejaba al sol y se le acompañaba con música, cantos y bailes. Los muertos que iban al Omeyocan, después de cuatro años, volvían al mundo, convertidos en aves de plumas multicolores y hermosas. Morir en la guerra era considerada la mejor de las muertes por los aztecas.

El oriental era el lugar de los guerreros, de los caídos en batallas y de los que nutrían a Tonatiuh, el sol, con su sacrificio para prolongar su diaria existencia. Después de cuatro años de acompañar al sol en su recorrido diario, se convertían en colibríes de hermosos plumajes, siéndoles permitido bajar a la tierra para alimentarse del néctar de las flores.

                                               Guerrero águila

       El occidental era el hogar de las mujeres que morían en el parto, las Cihuateteos. Se creía que se habían sacrificado al procrear futuros guerreros.
Estas mujeres eran comparadas a los guerreros ya que habían librado una gran batalla, la de parir, y se les enterraba en el patio del palacio, para que acompañarán al sol desde el cenit hasta su ocultamiento por el poniente. Su muerte provocaba tristeza y también alegría, ya que, gracias a su valentía, el sol las llevaba como compañeras. Cuando bajaban a la tierra lo hacían de noche convertidas en fantasmas de mal agüero principalmente para las mujeres y los niños (posteriormente dieron lugar a la leyenda de la llorona).

                                                           Cihuateteo

Otro paraíso correspondía a Tláloc, y se llamaba Tlalocan y ahí eran recibidos los que morían ahogados o por otras causas que tuvieran relación con el elemento agua (ahogados, rayo, hidropesía, afecciones pulmonares, etc.). Se pensaba que en este lugar había gran regocijo ya que existía una gran cantidad de vegetación y alimento. Ahí crecen toda clase de árboles frutales y abunda el maíz, el frijol, la chía y todos los otros mantenimientos. El recién difunto se dedicaba a cantar con sus compañeros, y a participar en sus juegos y regocijos. Vida de abundancia y serenidad, bienaventurada, es así como concebían los aztecas, el tránsito de los que habían sido llamados por Tláloc. El Tlalocan era un lugar de reposo y de abundancia. Aunque los muertos eran generalmente incinerados, los predestinados a Tláloc eran enterrados, como las semillas, para germinar.

                                        Tlalocan (Teotihuacán)

  Los muertos que no era elegidos para habitar en estos paraísos iban al Mictlán, lugar de los muertos, o mundo inferior. Ahí tenían que vencer varios retos y peligros para que pudieran continuar su existencia. Por ese motivo iban provistos por amuletos y objetos para el viaje.

Cuando una persona moría, se le doblaban las piernas en actitud de estar sentado, amarraban sus brazos y piernas firmemente al cuerpo, para depositarlos después en un lienzo acabado de tejer, al cadáver le colocaban una piedra verde en la boca que simbolizaba el corazón del difunto. A continuación cosían el lienzo con el cadáver dentro y ataban a él un petate. Les ponían comida para cuando sintieran hambre, y comenzaba su viaje. Quemaban el bulto del muerto, y guardaban las cenizas y la piedra de jade en una urna, que enterraban en uno de los aposentos de la casa, y les hacían ofrendas a los ochenta días, y cada año, hasta los cuatro que duraba el viaje a ultratumba, y después ya no lo hacían más, pues consideraban que después de transcurrir cuatro años de fallecer, el muerto llegaba a su destino final, ocupando su lugar en el noveno inframundo donde reposará eternamente. Se organizaban fiestas para ayudar al espíritu en su camino.

Para llegar al Mictlán se tiene que pasar por un caudaloso río, el Chignahuapan, que es la primera prueba a la que someten los dioses infernales. Por eso se entierra con el muerto el cadáver de un perro de color leonado, para que ayude a su amo a cruzar el río. El alma tiene que pasar después entre dos montañas que se juntan; en tercer lugar por una montaña de obsidiana; en cuarto lugar por donde sopla un viento helado, que corta como si llevara navajas de obsidiana; para ayudar al difunto, se quemaban los atavíos que habían usado durante su vida, para que no tuviera frío al cruzar este sitio. Después pasaban por donde los cuerpos flotan como banderas; el sexto es un lugar donde aparecen brazos sin cuerpo que lanzan flechas; en el séptimo infierno están las fieras que comen los corazones, donde entregaban la piedra de jade que les habían puesto en la boca. En el octavo se pasa por estrechos lugares entre piedras; y en el noveno y último, en Chignahumictlan, ofrecían regalos a los dioses de la muerte y así su alma podía descansar o desaparecer.

El Mictlán no era un lugar en tinieblas ni un lugar de castigos, simplemente era la morada de los muertos. Incluso para los prehispánicos, cuando el sol se ocultaba en el horizonte, "bajaba" al Mictlán.

El ritual no tiene más que un solo destinatario, el hombre vivo, como individuo o como comunidad; su función elemental es curar y prevenir, función que toma mil caras: desculpabilizar, reconfortar, revitalizar. “El ritual de la muerte, en definitiva, es un ritual de la vida”.

A la llegada de los españoles, el choque de las culturas,  específicamente en lo relacionado con la muerte, trajo una gran diferencia en la percepción del viaje al inframundo, pues dejará de ser importante la forma de morir y, en su lugar, regirá la forma de vivir.

La concepción de la muerte de acuerdo con la visión prehispánica, seguirá siendo que no es el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito: vida, muerte y resurrección como parte de un proceso cósmico que se repite incansable e insaciablemente. La creación del universo depende del hombre, de su energía vital, su sacrificio en vida y su continuación en la muerte, pero los españoles  establecerán nuevas fechas de acuerdo con el calendario católico. 

OFRENDA:

En la época prehispánica, el altar a la muerte tenía el nombre de Tzompantli. En ese tiempo se colocaba un altar en forma de pirámide el cual era cubierto con papel teñido de diferentes colores. En el primer nivel colocaban la imagen de Coatlicue y en el segundo nivel ponían comida y se quemaba copal en pequeñas vasijas de barro, en el tercer nivel se colocaban flores y follaje. 

                                                  Tzompantli

Con la llegada de los españoles y el cristianismo, estas costumbres funerarias sufren modificaciones: los altares de tres niveles se dedican al simbolismo del padre, hijo y espíritu santo; se colocan crucifijos e imágenes de santos, fotografías del difunto, objetos personales del mismo, así como alimentos y bebidas que disfrutaba en vida. Las velas colocadas en la ofrenda significan los siete pecados capitales y las veladoras sirven para guiar al difunto a su destino; la flor de cempazúchitl de vivos tonos de color amarillo, es la tradicional flor de muertos y denota la fuerza de la luz del sol, sirve de guía a los espíritus de los difuntos que vienen de visita los dos primeros días de noviembre. El color morado se usa en señal de duelo, el camino de flores y follajes es para que el alma del difunto pase por ahí; las velas y veladoras alumbrarán el camino y el copal purificará el ambiente y alejará a los malos espíritus. El día uno de noviembre se llama también Día de los Angelitos, (De Todos los Santos) y según la creencia religiosa, ese día regresan las almas de los niños muertos a las que fueron sus casas. El día dos llegan las de los difuntos adultos y el día tres, los familiares se comen los alimentos de la ofrenda, rezan y quitan el altar.

Es también necesaria la presencia de los cuatro elementos con los que todo está formado: agua, tierra, viento y fuego. Ninguna ofrenda puede estar completa si falta alguno de estos elementos, y su representación simbólica es parte fundamental de la ofrenda:
1. El agua, fuente de vida, en un vaso para que al llegar puedan saciar su sed, después del largo camino recorrido.
2. El pan, elaborado con los productos que da la tierra, para que puedan saciar su hambre.
3. El viento, que mueve el papel picado y de colores que adorna y da alegría a la mesa.
4. El fuego, que todo lo purifica, y es en forma de veladora como invocamos a nuestros difuntos al encenderla y decir su nombre.
5. Además no debe de faltar un poco de sal que evita la corrupción del cuerpo durante sus idas y venidas del inframundo durante los 4 años de su viaje al Mictlán.

                                                 Pequeño altar de muertos

Hoy, al igual que en tiempos prehispánicos, se lleva a cabo esta celebración de manera festiva, pues conlleva la idea de renovación de la fertilidad. No es una veneración  hacia la muerte, pues más bien se rendía culto a los antepasados, a la propia sangre, al linaje, pues la muerte es el germen de la vida misma. Por eso nuestros antepasados bailaban y celebraban en grandes festines.

27 agosto 2012

La serpiente, ¿animal sagrado o animal maldito?


La serpiente, ¿animal sagrado o animal maldito?

Es común encontrar dos caras a la misma moneda. A esto se le conoce como dualidad; es decir, la existencia de dos caracteres distintos en la misma persona o cosa. Tal es el caso de la visión mitológica que tenemos de la serpiente. La serpiente es uno de los animales más misteriosos y fascinantes del mundo.

La serpiente es representada con carácter ambivalente: por un lado, es un animal sagrado, no sólo porque represente la resurrección (a causa de su cambio de piel); sino también porque proporciona múltiples beneficios al hombre, gracias a los diferentes medicamentos que se extraen de ella (basta recordar que en el símbolo de la medicina aparecen dos serpientes enroscadas alrededor de un báculo); por otro lado, es un animal maldito por relacionarse con la muerte y el inframundo.

En Egipto, la serpiente Apep, llamada también Apofis, representa las fuerzas maléficas que habitan el Duat (inframundo de la mitología egipcia, lugar donde se llevaba a cabo el juicio de Osiris). Era una serpiente gigantesca, indestructible y poderosa, cuya función consistía en evitar que amaneciera y saliera el Sol; y así destruir a Maat u orden cósmico. Diariamente luchaba para interrumpir a Ra en su recorrido en el barco solar. Pero Apofis era un mal necesario para que el ciclo solar se pudiera dar cotidianamente y el mundo perviviera. Además una especie en particular, la cobra, representaba al sol mismo (uraeus), símbolo de resurrección, y animal protector de los faraones. 


Entre los cretenses, civilización con características matriarcales, la diosa más importante era la diosa madre Tierra. Ella solía llevar como atributo varias serpientes, con lo que se caracterizaba como diosa terrestre, dadora de vida. 


Al igual que la Coatlicue en el mundo mexica, la diosa madre, conformada por dos serpientes encontradas como cabeza y varias serpientes en su vestimenta; de ahí que su nombre signifique la de la falda de las serpientes. Esta diosa, a pesar de ser dadora de vida, era considerada terrible.


Pero también existe, para los mismos griegos, el mito de la destrucción de la serpiente Pitón, un verdadero monstruo, hija de Gea. Su misión, encomendada por la celosa Hera, era aniquilar a Apolo y Artemisa en cuanto nacieran. La serpiente Pitón fue destruida por Apolo, quien se apropió de las características oraculares de la serpiente.

Tiamat, para los sumerios, era una serpiente enorme que simbolizaba el caos y el mar mismo. El héroe Marduk vence a la serpiente y corta su cuerpo a la mitad: con una parte conforma el cielo y con la otra, la tierra; es decir, que con el cadáver de este animal representante del caos, crea el orden del mundo. 


Para el pueblo de la antigua Tenochtitlán, uno de sus principales dioses era  Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. Divinidad conocida en las antiguas ciudades mayas, con el nombre de Kukulkan (o Gucumatz, dios creador del universo según el Popol Vuh). Estas culturas antiguas consideraban que todo  el universo tiene una naturaleza dual, por lo que concibieron a Quetzalcóatl como un dios dual que por un lado crea el mundo y, por el otro, lo destruye tomando la forma de Tezcatlipoca.


Es interesante darnos cuenta de cómo funciona la dualidad en las cosas: no todo es del todo malo o del todo bueno. El monstruo que aterra, puede fungir como un amuleto apotropaico; es decir, para alejar el mal. Tal es el caso de la gorgona Medusa, que tiene un aspecto terrible con esas serpientes por cabello, y que convierte en piedra a aquél que ose mirarla a los ojos y, sin embargo, su imagen era colocada en puertas y ventanas para alejar a los malos espíritus.

Para el mundo occidental actual, se ha permeado la idea de que las cosas son buenas o son malas. De acuerdo con el mito Adámico, la serpiente es maldecida por Dios, por ser la responsable de que el ser humano haya perdido el favor de Dios y haya sido expulsado del paraíso. Es curioso como pasó de ser un símbolo de la resurrección y la vida eterna a un símbolo del mal. De arrastrarse por ser una característica natural de este animal terrestre, a ser consecuencia de una maldición divina. De ser compañera de las diosas madres o apoyo de los dioses, a esperar ser pisoteada y vencida por la madre de Dios.


22 julio 2012

Preguntar y subastar


Preguntamos para investigar, indagar sobre los asuntos que nos interesan. En tiempos antiguos, entre los griegos, apareció la palabra kontos que significaba vara, palo o lanza (posteriormente contus en latín). Para indagar la profundidad de las lagunas, introducían una vara o kontos, y llamaron este método percontare, que significa indagar por medio de una vara. Con el paso del tiempo, la palabra evolucionó a preguntar y significó solo indagar. 

Otra palabra que tiene en su origen una lanza es el vocablo subasta: sub= debajo y hasta= lanza, asta. Los inmuebles propiedades del Estado y los tesoros tomados como botines de guerra eran marcados con una lanza. En algún momento se tenía que vender lo que estaba marcado por la lanza (sub hasta vendere). Con el tiempo subastar significó sólo vender; cualquiera podía subastar. Al principio, se enterraba una lanza en el piso y en la parte inferior se acomodaban las mercancias para vender. Después la lanza se olvidó.


20 julio 2012

Obedecer

Obedecer


Cuando das órdenes, esperas que te obedezcan. Y, si no lo hacen, preguntas: ¿No me escuchaste? Para obedecer, lo primero que necesitamos es escuchar y comprender la orden. La palabra obedecer proviene del latín obedire, conformada por ob + audire (que en español se convirtió en oír). Obedire significa dar oídos, por lo tanto creer, estar de acuerdo (acordar= tener próximos los corazones). Hay una frase que dice “A palabras necias, oídos sordos”; es decir, esas palabras no se escuchan, no se les da crédito, no se esta de acuerdo con ellas.

Otra palabra que alude al oído es el vocablo absurdo (ab+surdus= sordo). Un hombre absurdo es, por supuesto, aquél que es incapaz de entender al mundo, pues está sordo frente a él.


19 julio 2012

Añorar



¿Cuántas veces nos alejamos de las personas que amamos y comenzamos a añorarlas o extrañarlas?
Esto es debido a que sufrimos por la ausencia, la privación de esos seres tan queridos. Ignoramos lo que les sucede. Habituados a conocerlos en el pasado; se vuelven extraños a nuestros ojos.
La palabra añorar viene del latín ignorare; significa no saber, no conocer (i, in= no, gnoscere saber). Nos volvemos ignorantes del mundo que solíamos conocer. Esa persona se convierte en un extraño para nosotros.
Añorar es, pues, un sinónimo de extrañar. Ambas palabras se refieren al dolor que causa el ver como un extraño o ajeno a nosotros, a la persona que una vez quisimos tanto... y entonces, sufrimos de nostalgia (dolor (algia) ocasionado por el deseo de regresar (nosto) a vivir como en el pasado. Así como Odiseo, quien padeció, durante 20 años, de nostalgia; añorando a su adorada Penélope; sin saber qué habría sido de su amada durante su larga ausencia.
                       Odiseo y Penélope


28 junio 2012

El coleccionismo en la antigüedad


El coleccionismo en la antigüedad
  
Una vez que el hombre solucionó sus primeras necesidades de alimento, vestido y habitación, se comenzó a agrupar de manera más organizada, dando lugar a las primeras civilizaciones. Dicha revolución urbana trajo consigo la aparición del Estado, de la religión, de nuevas formas de pensamiento y cultura; entre ellas las colecciones, que no sólo han dado prestigio social a quienes las adquieren, sino también han servido como reflejo de esa nueva cultura que fue constituyendo a los pueblos recién surgidos.

En Egipto, a causa de las creencias religiosas de otra vida después de la muerte, los faraones convirtieron sus tumbas en pequeños “museos” (quizá a ello se deba la idea de silencio y respeto que hasta hace poco han inspirado los museos del mundo). Pero esta acumulación de objetos no se limitó a la vida de ultratumba; también los templos y palacios se vieron adornados con bellas piezas.

                                                 Tumba de Tutankamón

Otro ejemplo de colección de tipo funerario se dio en “El tesoro de Atreo” en Micenas (1200 a.C.), ejemplo sobresaliente de las tumbas de cámara o tholos, que sirvió como centro de acumulación de piezas artísticas. La tumba se podía visitar desde la antigüedad, como un lugar de almacenamiento de las riquezas de los príncipes. 

    
"Tesoro de Atreo"

           En Asiria, civilización bélica por excelencia, las colecciones se formaban con los botines de guerra, con el fin de enorgullecer a su pueblo por el triunfo obtenido. Asurbanipal, también conocido como Sardanápalo (668-627 a.C.), uno de los pocos reyes de la antigüedad que sabía leer y escribir, construyó, además, la biblioteca más antigua del mundo, donde reunió una colección de más de veinte mil textos en tablillas cuneiformes de arcilla. Más tarde, otro rey llamado Nabucodonosor convirtió su palacio en Babilonia en el primer ejemplo de un museo en la historia, reconocido como el "gabinete de las maravillas de la humanidad". Almacenaba obras de los diversos pueblos asentados en Mesopotamia.

        Pero las “obras de arte” no sólo fueron botín de guerra. En Creta, pequeña isla del Mediterráneo dedicada más a los placeres que a la guerra, se desarrolló una industria de producción masiva de obras de arte destinadas al comercio. Los fenicios se encargaron de su distribución en las ciudades situadas a lo largo de todo el Mar Mediterráneo, y así comenzó el gusto por coleccionar el arte de otras culturas.

En Grecia, se utilizaron los peristilos de los templos para guardar las colecciones de arte. Los sacerdotes no sólo custodiaban las obras, sino también las inventariaban. El Templo de Delfos, ciudad de los oráculos, el templo de Juno en Samos y la Acrópolis de Atenas guardaban un precioso legado cultural en sus pórticos. En la Acrópolis se construyó la primera galería de pintura o Pinacoteca, donde se reunía pintura, escultura, trofeos, estandartes, etc.

                                    Tesoro de los Atenienses (Delfos)

Roma coleccionaba las imágenes de los dioses de los pueblos vencidos y las colocaba en el Panteón (templo de todos los dioses). Al regreso de las batallas, solían exhibir los objetos saqueados para mostrar el triunfo que habían logrado los ejércitos en las guerras, y que la ciudad entera se sintiera orgullosa de su victoria. Algunos romanos también se llevaron piezas del botín a sus casas, comenzando así el “coleccionismo privado”. 

                                                      Villa Adriana

El nombre de Museo fue utilizado por primera vez en Alejandría. Ptolomeo II funda un centro cultural de investigación llamado “mouseion”. Éste comprendía una gran biblioteca, salas de reunión, laboratorios, un santuario dedicado a las musas, adornado con estatuas de las diosas, un altar, un jardín, y diversas habitaciones. El “mouseion” tenía como rector a un sacerdote que combinaba la vida religiosa con la ciencia y la literatura. Después de todo el nombre aludía a las musas, que bajaron a la tierra para inspirar y crear el arte, el saber y la elocuencia.

Actualmente, los museos siguen dando prestigio a las ciudades donde se construyen. Ahí se exhiben colecciones de objetos artísticos, científicos o históricos que muestran la cultura y las tradiciones de distintos pueblos y épocas. Mnemosyne, la memoria y madre de las musas; se encarga de proteger este sagrado templo que nos permite contemplar, por un momento, los valores de los pueblos que producen los objetos coleccionados.

                                           

28 mayo 2012

La educación en la antigua Grecia


Todo pueblo necesita de la práctica de la educación para transmitir sus valores físicos y espirituales. Para los antiguos griegos, la paideia era la base de la educación, y era importantísima, ya que dotaba a los varones de un carácter verdaderamente humano.  
El maestro griego no sólo enseñaba habilidades o técnicas, sino también ayudaba  a los estudiantes a formarse moral y espiritualmente dentro de su comunidad, con el fin de que se convirtieran en ciudadanos perfectos que supieran gobernar y ser gobernados con justicia. Así pues, la polis griega era la encargada de delimitar el ideal de paideia para cada comunidad.
Pero ¿quiénes eran los hombres que se veían modelados con esta paideia? Debemos recordar que el sistema de producción de los antiguos griegos era esclavista. Los esclavos eran necesarios para cubrir las necesidades materiales de su sociedad, mientras los hombres libres, excluidos de los trabajos pesados, dedicaban su tiempo y energía al ocio. Sí, al ocio que les permitía la contemplación y la reflexión, por lo que el ocio se convirtió en uno de los ideales de la cultura griega.
Y así apareció la “schole”, término griego que designa el ocio o descanso, aquello que se hace durante el tiempo libre y, más concretamente, aquello que merece la pena hacerse, por lo que acabó significando “estudio”, pues los griegos amaban y disfrutaban del estudio; para ellos, estudiar valía la pena, pues los convertía en buenos ciudadanos. Posteriormente el término “schole” dio origen a la palabra escuela.
Se sabe que en la mayor parte de la historia griega, la educación fue privada, salvo en Esparta. Los niños de familias adineradas eran cuidados por un paidagogos, un esclavo doméstico designado para esta tarea que acompañaba el chico todo el día.
Los niños varones entraban en la escuela al cumplir siete años, Aprendían a leer, escribir y citar la literatura, de donde tomaban a los héroes que les servían como modelo de imitación. También aprendían a cantar y tocar un instrumento musical, y a entrenarse como soldados para el servicio militar.
A los doce años de edad, algunos jóvenes seguían su educación, a la que agregaban deportes como la lucha, la carrera, el lanzamiento de disco y de jabalina. A los 18 años, empezaba su entrenamiento militar en el ejército por uno o dos años.
Los estudiantes más ricos proseguían su educación estudiando con maestros famosos. Algunas de las mayores escuelas eran el Liceo, fundada por Aristóteles y La Academia, fundada por Platón. Una parte crucial de la educación de este muchacho era el aprendizaje que podía incluir el amor pederástico. El muchacho aprendía, acompañando a su maestro, a hablar de la política en el ágora, a ejercitarse en el gimnasio y a convivir en los simposios o banquetes. 

                                           La Academia de Atenas
La educación griega estaba destinada a formar hombres, destinados no para trabajar, sino para convertirse en activos ciudadanos de la polis. Actualmente, la educación escolar busca formar buenos trabajadores, aunque no tengamos tiempo para el ocio y desconozcamos nuestros deberes y obligaciones como ciudadanos.





25 mayo 2012

Oriente y Occidente, dos miradas distintas.


 Pareciera que el hombre es el mismo en cualquier lugar, pero las culturas que lo conforman y, por supuesto, su medio geográfico, lo obligan a mirar el mundo, su universo, con distintos ojos. Existen grandes diferencias entre la cosmovisión oriental y la occidental, origen del choque entre ambas culturas.
El hombre, desde el principio de los tiempos, ha observado la naturaleza y sus fenómenos: las estaciones del año, el movimiento de los astros, los ciclos agrícolas, etc, y se ha situado a sí mismo dentro de estos ciclos, como un ser más que experimenta los cambios propios de la madre naturaleza; es decir, ha sido consciente de que comparte, con el resto de la naturaleza, el tiempo cíclico que rige su vida.
Debido a este tiempo cíclico, sabe que nada es permanente, ni siquiera la muerte. Sabe que existen diversas oportunidades para completar la meta de su vida. Es por eso que se encuentra inmerso en un ciclo de reencarnaciones, parecido al ciclo de las estaciones del año que regresan continuamente. El hombre es insignificante comparado con el universo. Todo su entorno es sagrado. Éste es el pensamiento del hombre nacido en el Oriente, pensamiento del hombre “antiguo”, que ha permanecido a través de los siglos.

 Ouroboros: serpiente que se muerde la cola. Símbolo del eterno retorno

El hombre “moderno”, occidentalizado, en cambio, se coloca en el centro del universo, concibiéndose a sí mismo como el amo y señor de su entorno. “El hombre es la medida de todas las cosas” aseguraba Protágoras (sofista del siglo V). No en vano Dios creo al hombre para domeñar sobre las bestias de la creación y sobre todo su entorno, rezaba la Biblia. Este hombre espera vivir una vida incomparable, una vida que valga la pena haber sido vivida, pues sólo tiene una vida para demostrar quién es. Espera, asustado, el final de su mundo, la destrucción, el apocalipsis. Concibe su vida en forma lineal: nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte. Tiene una única oportunidad de demostrar quién es. Hereda el protagonismo de los antiguos héroes griegos como Aquiles, Teseo, Jasón, Perseo y Orfeo, entre otros, que logran hazañas inimaginables, convirtiéndose en paradigmas de valentía, en ejemplo de hombres que logran cumplir su destino y conquistar el cielo, los Campos Elíseos. Al centrarse en sí mismo, olvida lo sagrado de su entorno. El hombre oriental, en cambio, sabe que sus héroes, Rama y Krishna, por ejemplo, son tan sólo reencarnaciones de Vishnu. 

                     El héroe griego Perseo con la cabeza de Medusa

Los griegos nos heredaron una visión antropocéntrica del universo. En eso radica la occidentalización del mundo (entre otras cosas), que se llevó a cabo a partir de que el mithos cediera su lugar al logos; a la pérdida del pensamiento sagrado enraizado en la comprensión del cosmos como cíclico.
El mundo occidental, afianzado desde este momento en el logos, termina siendo objetivo, lógico, universal, científico; en cambio el oriental seguirá siendo subjetivo, emocional, personal, de creencias y fe, de mitos. El primero resuelve las preguntas de cómo; el segundo, de por qué. Mientras el occidental busca conquistar el mundo, el oriental busca conquistarse a sí mismo.
El hombre en Oriente tiene tendencia a vivir lo más posible en lo sagrado. Lo sagrado equivale a la potencia y, en definitiva, a la realidad por excelencia, a la perennidad y eficacia. El hombre en Occidente vive en lo profano. La oposición sacro-profano se traduce a menudo como una oposición entre real e irreal o pseudo-real. Para este mundo oriental, aún no llega el tiempo de la “muerte de Dios”, como diría Nietszche con respecto al mundo occidental.
El arte es prueba de estas diferentes cosmovisiones: En Oriente, el arte  se halla intrínsecamente ligado a lo sacer, su imagen es de aquél de quien es imagen. Es necesario para conseguir el poder sagrado para vivir. Por el contrario, el arte en Occidente, es emanación o proyección de la personalidad individual de quien la realiza. Y el arte queda connotado socialmente como “improductivo”, como un valor suntuario destinado al goce hedonista. 
Para el occidental, el mundo es lógico, estandarizado, absoluto, verdadero, práctico, lineal, al grado que continuamente va “progresando”. En cambio, para el oriental, el mundo es relativo, simbólico, místico, especulativo, tradicional, cíclico.
Defender las creencias de cada mundo ha producido comportamientos violentos. El mundo occidental cree que es mejor el razonamiento lógico; el oriental, la fe. Al final de cuentas, ¿valdrá la pena indagar quién tiene la verdad?